PIELES
- 8 feb 2024
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DÍA 1 RETO DE ESCRITURA
RETO: ESCRIBIR A PARTIR DE UNA IMAGEN
Utiliza una página web que genere imágenes al azar y escribe una historia acerca de la primera imagen que te aparezca
Al principio, pensaba en mí mismo como una tabla de madera, un lienzo perfecto para el dibujo perfecto. Pensaba en ella como una paleta de colores, una artista que poco a poco iba dando pinceladas en varias partes de mi cuerpo. El primer día sentí sus suaves trazos en mi pecho, caminando despacio, como si fueran dos dedos patinando despacio sobre mi piel. El segundo pintaba mis manos, ponía las suyas en un plato con pintura y las tomaba junto a las mías, dejaba toda una mancha de color. Con el tiempo dos manchas se convirtieron en cinco, seis en dos docenas, y sin darme cuenta, era toda una plantilla llena de color. No tenían forma específica, ¿por qué debían tenerla? Eran trazos libres, llenos de aromas, paisajes, versos, regalos. Ahora era mi artista. Me decía repetidamente que los colores fríos me combinaban de forma precisa. Le gustaba pintar mi cuerpo de azul, sean mares, cielos, aves o flores. A veces lo mezclaba con verde o con blanco, pero nunca perdía el azul. Me mostraba ante la gente lleno de vida.
Un día dejó de pintarme. Todavía no entiendo realmente si dejó de verme como una obra perfecta o era finalmente una obra terminada, sin necesidad de más pinceladas, total ya había recorrido todos los rincones de mi cuerpo, no había espacio para más arte. Se fue y mi obra quedó estancada en el tiempo. Mi cuerpo empezó a partirse en grietas. Las pinceladas, al dejarse caer la lluvia, comenzaron a fragmentarse; el tono empezó a cambiar de color. Los azules se alejaron salvajes y empezaron a emerger los amarillos. Amarillos oscuros, como de una pared nunca lijada; como de una mesa abandonada; como de un girasol lanzado al lodo. Pero había algo más, con el tiempo empecé a sentir estos polvos rojizos, polvo como la tiza. Al principio pensé que era aserrín, vestigios de una madera vieja, pero no se sentía igual. Empecé a sentirme inmóvil, mi cuerpo comenzaba a atrancarse con algunos movimientos. Al mes era casi imposible moverme. La pintura, seca y poco cuidada, empezó a bloquear mi cuerpo. Pronto varias pinceladas se convirtieron en cicatrices de una piel con grietas, como si el mismo desierto hubiese pasado por ella y creado una sequía en medio de todo el océano que alguna vez existió.
Fui consciente en el momento en que un fragmento cayó al suelo. Detrás de aquella escama, al fondo de mi verdadero cuerpo, el color había cambiado. Empecé a sacar una a una las piezas. No quería destrozar ninguna, pero la curiosidad me precipitaba tanto que caían como polvo al despegarse de mi piel. Cuando terminé busqué un un espejo y entonces lo entendí. Mi piel nunca fue de madera, todo el tiempo fui un lienzo de metal. Las pinceladas se oxidaron con el tiempo porque solo eran compatibles con la madera, y se fragmentaron al exponerse al agua y al calor. Hoy mi armario viste de aerosol, y puedo pintarme cada día de un nuevo color, y tal vez con el tiempo, pueda pintarme nuevamente de azul





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