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La casa antigua

  • 5 mar 2024
  • 4 Min. de lectura

Había visto esa casa unas dos o tres veces a la distancia. Recuerdo que podía verse desde la casa de Nelson a lo lejos, solitaria, como una casa enferma, desterrada. Una sola casa en medio de una hectárea de pasto a la redonda. Recuerdo haber preguntado alguna vez por esa casa; nadie alrededor de la zona sabía algo de ella, sólo que estaba allí, abandonada. Tal vez una familia la dejó allí, tal vez sus dueños no querían hacer nada con ella, tal vez estaba en disputa en medio de una pelea de familiares que querían venderla o repartirla entre sí. No indagué más al respecto. Solía subir una vez cada 15 días, a veces una vez a la semana, me gustaba mucho pasar tiempo con Nelson y Paula. Un día, sin saber de quién fue la idea, decidimos  visitar esa casa. Ambos hermanos, con provisiones en mano; Martín, con una navaja; y yo, con un encendedor, nos adentramos por la carretera, que poco a poco dejaba de ser visible. Cuando la carretera terminó entramos por un sendero, y cuando el sendero empezó a ser confuso nos adentramos en medio del bosque, nuestra guía eran las marcas y palos que estaban por allí, sueltos. Recuerdo que cuando llegamos a la casa, había una cerca alrededor. Yo tenía miedo, cuando veías de cerca la casa tenía una apariencia extraña, oscura, como si hubiese sido víctima del fuego en algún momento. El primero en saltar fue Martín, yo tenía miedo de que algo se escondiera del otro lado, por lo que fui de último; el pasto era alto y a veces no sabía dónde pisar, pero no pasó nada extraño. Después de unos minutos llegamos a la entrada. Indagamos poco a poco. Parecía una casa hecha enteramente de barro, con 3 habitaciones dispersas alrededor de una sala principal y varias vigas que soportaban un techo de paja. Como sospechaba, parecía que el barro de un lado de la casa se había quemado en algún punto. Recuerdo haber visto la puerta principal partida a la mitad, y dos de las habitaciones sin puerta alguna, pero había una puerta cerrada con llave. La casa estaba completamente abandonada, había telarañas y espacios destruídos. Una de las habitaciones era una especie de cocina, con ollas y chimeneas para preparar la comida, allí encontré la botella, un envase de plástico con gasolina lleno hasta la mitad. La otra habitación simulaba un dormitorio, estaba vacía, pero podías imaginar la distribución de las camas y armarios alrededor. Lo más interesante de todo eran las marcas de las paredes. No solamente había dibujos y graffitis sin terminar, sino mensajes llenos de odio. El cambio sucedió cuando Nelson miró por la grieta de la puerta con llave. Pidió mi encendedor para ver con más claridad y Martín se encargó de forzar la cerradura con su navaja. Me es difícil recordar a la perfección todo lo que salió de esa puerta. La describo como una ola de mar, una fuga de agua que en lugar de arena y sal expulsaba huesos y órganos. La puerta parecía un portal infinito que no dejaba de expulsar muerte. Cuando la fuga empezó a llenar nuestros talones, empezamos a correr. Muchas cosas eran distintas, el cielo era rojo, el pasto estaba cubierto de gusanos largos; las vigas de la casa eran ahora cuadrados de tierra y en medio de ellos diferentes bichos se arrastraban en todas las direcciones. Todo en conjunto empezaba a gritar, cada vez más fuerte, parecían llantos de animales, gritos de tortura que provenían del pasto, del cielo, de la casa. Al fondo estaba la cerca, intacta, con el mismo alambrado y el mismo material, no había cambiado en nada. Martín gritó y todos fuimos detrás suyo. Empujamos el pasto, intentamos escapar lo más rápido de ese lugar. Pronto los gusanos se transformaron en enredaderas, y empezaban a empuñar sus tallos y espinas sobre nosotros. Recuerdo haberme quedado detrás de Paula, recuerdo ver poco a poco cómo Martín empezaba a sumergirse dentro de la tierra, cómo las enredaderas empezaban a tirar hacia abajo. Vi mis pies, las enredaderas empezaban a posarse como víboras ahogando a sus presas. Era definitivo, no íbamos a escapar. Regresé a ver a la casa, la fuga empezaba a salir por las puertas y ventanas. La casa estaba cubierta de tierra muerta y podrida, el techo iba cayendo poco a poco y las paredes empezaban a derretirse, como un castillo de arena. Fue cuando noté algo extraño, la pared izquierda, quemada y cubierta de hollín no cedía. Era como la cerca, no había cambiado nada. “Es la misma en este y en nuestro mundo”, me dije. Abrí la botella de gasolina y empecé a esparcir un poco en el pasto, arrojé la botella hacia Paula, ella riega un poco en sus pies y los de su hermano; después la lanza hasta Martin, quien arroja el resto de gasolina hasta el camino más cercano a la cerca. Le grito a Nelson por el encendedor y él enciende la llama. 


Nunca más volvimos a esa casa, ni siquiera hubiéramos tenido la oportunidad, dos meses después la casa había desaparecido. Haya sido un portal a otro mundo o simplemente una visión, nunca lo averiguamos. Yo no he vuelto a esa zona desde hace mucho tiempo. Nunca le contamos a nadie. Nelson y Paula se mudaron a la ciudad. Martín siguió explorando lo inusual y extraño, aprendió algo de fotografía. Sea donde sea que esté aquella casa ahora mismo, solo pido que esté más oculta de lo que estaba, y que nadie en esta vida tenga la desgracia de volver a encontrarla.




 
 
 

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