Emmanuel Lamsyer
- 5 mar 2024
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Muy pocas veces he escuchado el nombre de Emmanuel resonar en los grandes entornos del arte o del común. Puede que unos cuantos reconozcan el nombre, para otros puede ser tan desconocido como cualquier nombre aleatorio.
Emmanuel Lamsyer… Tal vez lo único conocido de él, como todo artista, sean sus obras. Obras que ganaron valor únicamente después de su muerte. Su rostro, por otro lado, encubre una de las pérdidas más grandes de Emmanuel, un rostro cargado de culpa en medio una pasión por el arte que jamás debió cursar dicho rumbo. Hoy hablaremos de su más grande secreto, uno poco explorado en biografías y documentales.
Emmanuel fue un paisajista francés, a partir de 1789 ingresó al estudio del pintor Gustave Courbet y 6 años más tarde era toda una revelación con su obra Un poste au bord. Emmanuel tenía una profesión anhelada por el motor artístico que conlleva. Pintar paisajes, pintar la vida en medio del pincel, contemplarla en su estado más puro. En 1795 recibió la medalla del Salón des Artistes Francais y su nombre comenzó a destacarse. En 1800 vendió 55 telas en las subastas del Hotel Drouot, allí Emmanuel conocería a un militar y político francés de origen italiano, quien se presentó como Napoleón Bonaparte. Este sería el error más grande, puesto que Napoleón no solamente quedó admirado con el arte de Emmanuel, sino que encontraría en él años más tarde, la pieza perfecta para una de las paredes en su casa llena de ego. Años más tarde, cuando Napoleón tomó el control de Francia en 1805, Napoleón estaba en búsqueda de artistas que le ayudaran a plasmar su grandeza en batallas y conquistas. Acudió a Emmanuel, que sin posibilidad de renegar, acompañó a Napoleón a sus batallas, donde tenía un asiento en primera fila a 4 o 5 kilómetros de distancia. Emmanuel contempló guerras y masacres, fue testigo de la personalidad cruel y déspota de Napoleón, del poco respeto por la vida humana y del narcisismo hacia su propia figura.
De todos los artistas convocados, Emmanuel fue el único que no murió en su mandato. Después del destierro de Napoleón, en 1815, la vitalidad y fuerza de Emmanuel estaba destrozada, la sonrisa empezó a convertirse en tristeza y el paisaje de vida en árboles sin hojas y ríos secos. Destruyó cada una de las pinturas que había hecho y se aisló hasta 1830, cuando decidió retomar su trabajo. Este fue el inicio de su personalidad artística y de las pistas de una vida llena de dolor, puesto que en obras posteriores el más diminuto trazo irregular, el color opaco de los cielos o el paisaje y los tonos oscuros y extraños evocaban de forma indirecta una catarsis, una terapia de superación y un contraste de la belleza en medio de un entorno con poca luz





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