El Faro
- 20 feb 2024
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“¿La historia? Por supuesto que conozco la historia. Esta es la Ciudad de Pentecostés al sur de Italia, fue fundada en 1907 por el gran Pedro Garsette en el Faro de Ostacolmo. Cualquiera que haya nacido aquí te dará la misma respuesta” declaraba furioso el capitán Kirk, mientras Tin, que había reprobado historia en el colegio, seguía trapeando la cubierta del barco, sin ganas de continuar la conversación.
Tin (con “n”, su madre había decidido darle un nombre más “original”) era un joven pescador de una ciudad vecina, Jalisco; se había mudado a Pentecostés a los siete años, por lo que desconocía mucho de la historia de Pentecostés. Aún así, las imágenes de Pedro Garsette eran un común en todas las calles de aquella ciudad costera, principalmente en el faro. A Tin le gustaba pasar la tarde pescando con el capitán Kirk, un amigo lejano de su tía Francisca. Él le había enseñado a navegar y pescar en el mar. Conocía todas las playas y lugares: La playa del pirata, donde había terminado un navío del siglo XVII; el arrecife del payaso, por la variedad de peces payaso que se encontraban en la zona; la biblioteca, una playa que recibía su nombre por la cantidad de especies de fauna y flora descubiertas en ese lugar. Pero había un lugar al que nunca había ido, principalmente por las advertencias del capitán Kirk y sus amigos en la escuela: La cueva de Ponce; un pequeño paraje ubicado al fondo de dos peñas. La única manera de entrar en él era atravesando una zona llena de rocas puntiagudas y fauna marina venenosa.
Tin recuerda la primera noche después de escuchar hablar de la cueva; soñó que un general francés le repetía a gritos que la visite; soñó con unos pies caminando por la playa, a punto de entrar a la cueva. Pero eso fue hace mucho tiempo; el agua lo golpeó tan fuerte que lo despertó de aquel recuerdo y lo que vió cuando volvió a la realidad lo dejó perplejo. La marea subió en un instante, y empujaba el barco hacia la peña cercana a la cueva. El capitán Kirk estaba en popa, sosteniendo las cuerdas que sujetaban la única vela de su pequeño barco, pero el viento era más fuerte, y en un soplo rompió la unión del mástil y la vela. Con el barco a merced del agua, el capitán lanzó un rezo y esperó angustiado el golpe final.
Tin volvió a reaccionar en el agua. Observó el barco encallado en una de las peñas, mientras el capitán Kirk le gritaba a lo lejos. Alcanzó a sentir temor y preocupación en su voz, pero solo alcanzaba a comprender unas cuantas palabras. “Huye”, “nada”, y “cuidado” eran las que más repetía. Tin giró su cabeza, reconoció el lugar. Había pasado las dos peñas y estaba a punto de entrar a la zona de piedras. Tin estaba preparado, sabía que en cualquier momento llegaría su final. A Tin no le aterraba la muerte, no tenía nada que perder ni nada por lo que vivir, su vida era la pesca y sabía que en algún momento, si tenía que morir, moriría en el mar; pero cuando se estrelló con la primera piedra sintió algo extraño. No era roca firme lo que había tocado, sino una mezcla de madera y arcilla. Se acercó a otra roca y sintió lo mismo; pronto descubrió que aquello no era un paraje de rocas fuertes y puntiagudas, sino un espectáculo de piezas construidas para impedir que alguien entrara.
Con el miedo disipado, Tin continuó entre la utilería; después de nadar casi 1 kilómetro empezó a observar pequeñas figuras en el agua, manchas que simulaban la forma de mantarrayas de todos los tamaños. Tin dió un paso atrás, tal vez las rocas eran falsas pero aquellas manchas parecían muy reales. De todas formas no tuvo tiempo para comprobarlo, pues el oleaje seguía fuerte y antes de reaccionar, una de las olas lo había lanzado hacia esas figuras enormes. Tin empezó a levantarse, notó que el agua le llegaba hasta las rodillas y pensó que si se levantaba despacio tal vez el animal no notaría su presencia, pero nuevamente, lo que sentía no era un animal, sino una loza de vidrio. Al agacharse un poco más noto algunos trazos de pintura y entendió que aquellos animales eran falsos. No le importó mucho, pues al frente suyo estaba la entrada a la cueva.
“¿Y qué sorpresa tienes tú?” se dijo entre sí, mientras se adentraba a aquel lugar. Por un momento, parecía que la cueva no escondía nada. Observaba los picos que se sostenían por encima, con el miedo de que uno le cayera; notó unos cuantos cangrejos saliendo de las rocas, se preguntaba si podía haber un animal más peligroso. Caminaba despacio, fijándose en qué lugar iba a marcar su siguiente paso, pero el emocionante suspenso que le generaba el lugar no duró mucho, pues a 7 pasos se estrelló con una pared invisible. Tin no lo creía posible, era una pared negra, oscura, como un límite invisible marcado con una lámina gigante de cristal. Desde lejos parecía el negro profundo de una cueva; de cerca notaba algunas manchas verdes, tal vez por la humedad y el calor.
Sin pensarlo mucho Tim destruyó aquella pared; no le costó mucho ya que a medida que iba abriendo huecos descubrió pequeños trozos de madera y empezó a distinguir algunas ráfagas de luz. Al principio parecía irreconocible, pero la cueva en realidad era una especie de arco de la misma montaña, y al fondo, en medio de un camino que guiaba hasta un acantilado, se encontraba un viejo faro abandonado.





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